
Acabo de ver "Changeling", la última película de Clint Eastwood. No se si ya se estrenó o si está programada para las próximas semanas o meses en nuestro país, pero lo cierto es que en un principio repase su poster con desconfianza, por la costumbre de ver a la señora Jolie en bulones mainstream indigeribles, pero al descubrir que se trataba sobre los Wineville Chicken Coop murders, no dudé un segundo en relajarme y disfrutar de las más de 2 horas de cinta.
Primero, vale aclarar que siento profunda admiración por Clint Eastwood. Es el único director vivo que posee un corazón latiendo debajo de su arrugado pecho y, más allá de deslices (no me gustó Mystic River ni Million Dollar Baby) o algunos films menores, posee el don de la sinceridad y compromiso con la historia que cuenta, lo que lo eleva a años luz de chantunes como Scorsese u otros fósiles.
Si bien es cierto que todo lo que se ha ponderado en Cannes sobre Changeling -el compromiso con la historia, la falta de "locuras" en el relato lineal y las tomas de cámara standard- se le ha criticado en EEUU, acostumbrados a los efectos visuales y a los antihéroes románticos gore en filmes de asesinatos en serie.
Lo más difícil de comprender, tanto para ellos como para los jinetes pálidos de la crítica local, es que ésta es una película sobre la fe.
Christine Collins (Angelina Jolie en su mejor actuación), madre sola y supervisora en un call center, debe dejar a su hijo en casa para hacer horas extras. Cuando regresa, Walter ya no está. La policía no toma su denuncia, y pasan las semanas. A los dos meses, encuentran a su hijo. Gran operativo de prensa para el reencuentro, uniformados sonriendo para las cámaras, reencuentro.
Pero ese niño regordete que la abraza al bajar del tren no es su hijo. Se lo dice su instinto, se lo dicen varias diferncias físicas, los maestros y doctores.
El detective Jones, harto de esa madre obstinada, la acusa de afectada mental y la obliga a ingresar al asilo mental, donde encuentra un grupo de mujeres que comparten denuncias veladas contra una policía corrupta. Desde afuera, un reverendo presbiterano que lucha contra la corrupción policial (John Malkovich, menos parecido a Grandinetti y menos pesado que de costumbre) hace fuerza para que liberen a Christine. Lo logra, y cuando ella sale se entera de la verdad.
En las afueras de Los Angeles, un niño confiesa que, en una granja abandonada de Wineville, fue obligado por su primo a observar y ser partícipe del asesinato a hachazos de al menos 20 niños, entre lso cuales señala al hijo de Christine como una de las víctimas.
Apresado Gordon Stewart Northcott (interpretado impecablemente por un actor poco conocido para muchos, pero admirado por mí en sus intervenciones en LAw & Order, Jason Butler Harner), responsable de la masacre, se inicia el juicio, que incluyó la separación de toda la cúpula mayor del LAPD, algo que ni siquiera las masacres de los uniformados contra mafiosos y sospechosos había hecho propicio.
Northcott, un personaje críptico y ciclotímico, que pasaba de pelearse con el juez a perdir perdón a la madre, fue condenado a morir en la horca. Si ven la película, les digo que vale la pena esperar por esa escena tête à tête entre madre y asesino. Años más tarde, una de las supuestas víctimas de Northcott aparece y cuenta como un grupo de niños pudo escapar de la granja. Christine siguió buscando a su hijo toda su vida hasta perderse por caminos oscuros que nadie conoce, convirtiéndose en símbolo de la fe y el amor materno. Es una historia que me conmovió desde siempre, y me alegra que no haya tomado Ron Howard (que se retiró del proyecto, pero le recomendó a Eatwood que le dé para adelante con Jolie), porque seguramente hubiera sido un bodrio hollywoodesco más que pasaría desapercibido.
El Daily Mirror de Los Angeles tiene un blog especialmente dedicado al caso, con scans de las noticias de la época y fotos imperdibles del juicio y los asesinos (tambiñen participo de ellos la madre-abuela de Northcott, a quien se obvia en la película en beneficio de una narración más clara)

Una sorpresa Jolie, a quien tenía sólo como hacedora de caritas pseudo-sexys y no mucho más.
Narración clara, amor por el cine clásico, verdad en el corazón y claridad de mente. Esas son las cualidades de Clint Eastwood, el último gran narrador norteamericano.
(Hay otra para comentar, Boy A, si pueden verla díganme que les parece, para mí es una de las grandes películas de la década. La dejo para mi próximo lapsus de Catalina Dlugis -a propósito, que subnormal es esa mujer)


